lunes, 18 de julio de 2011

Él

Me engañaría si dijera que ya lo he superado. Creo que era la madrugada del 18 al 19 de junio, pero ¿qué mas dan las fechas en estas condiciones? Amanecía. Y nosotras, después de una noche de risas y bailes, volvíamos a lo que durante esa semana se había convertido en nuestra casa. Y ahí estaba, tirado en el portal. Cada vez me cuesta más recuperar los detalles de aquella media hora (¿o quizás una entera?) que se hizo eterna. Intento no pensar en ello muy a menudo, nunca me han gustado las morbosidades. Sólo sé que cuando escucho esa palabra, ya sea en forma de chiste, de suceso real o juego de palabras, se me borra la sonrisa. Y cuando trato de decirla, su cara me borra todas las palabras. A veces intento recordar cómo sonaba su voz, y sólo oigo los gritos que vinieron después. Tengo que esperar para reconocerla. Pero sus ojos me persiguen a veces, cuando oigo esa palabra y el sonido de alrededor se amortigua para ayudarme a revivir aquello que no consigo dejar atrás del todo.

Ha pasado casi un mes, y sinceramente, a veces me siento culpable por no pensar más en él. Otras veces, fantaseo acerca de su vida hoy y ahora. Y otras veces trato de olvidarlo, sin desearlo totalmente. Confío en que el tiempo sane las heridas, las de todos los que estábamos ahí en ese momento. La gente habla sin saber, y eso es lo que más duele. Supongo que debería sentirme agradecida en cierto modo por haber recibido una lección de vida tan fuerte, de las que nunca se borran del todo de la memoria. Pero creo que todavía no he conseguido verlo como una lección, pero espero que sea cuestión de tiempo. Tiene que serlo.